Desde su apertura, el Mirador Obelisco se consolidó como una de las propuestas imperdibles de Buenos Aires. La experiencia de subir y obtener tan ansiada selfie con la avenida 9 de Julio de fondo despertó un renovado interés por el ícono porteño, que amplió su horario para visitarlo de 9 a 21 horas.
Al ingresar, es inevitable mirar hacia arriba buscando la cima en forma de diamante. Las luces led dispuestas en los siete descansos de las escaleras que se erigen al costado del ascensor permiten ver con absoluta claridad el interior hermético, misterioso, tantas veces imaginado por los porteños y los turistas que pasan por la zona.
Lo primero que sorprende al ingresar es la gran estructura de hierro gris que contiene al elevador. Adentro, el espacio luce despojado: no hay ornamentos ni objetos que desvíen la atención, salvo un banquito de madera en el que entran cómodamente tres personas y sirve para esperar sentado el momento de tomar el elevador.
Aunque la expectativa está puesta en lo que va suceder arriba, abajo, también pasan cosas: se pueden sentir las vibraciones y el sonido inconfundible de las líneas de subte que allí confluyen y conectan a porteños y turistas con este punto neurálgico de la Ciudad. El Obelisco late al ritmo de Buenos Aires y su gente.
Camino a la cima
El ascensor vidriado, con capacidad máxima para cuatro personas, permite recorrer en 60 segundos gran parte de los 67,5 metros de altura que tiene el monumento diseñado por el arquitecto Alberto Prebisch e inaugurado el 23 de mayo de 1936. El último tramo hay que hacerlo a pie, primero por una escalera amplia y luego por una más estrecha de estilo caracol. En total, son 35 escalones para alcanzar la cima.
Una vez arriba, la magia sucede: la luz natural se filtra por las cuatro ventanas que fueron totalmente renovadas con orificios para su aireación, y la ciudad aparece en todo su esplendor desde los cuatro costados.
Las personas habilitadas por turnos de 10 minutos se encuentran con la postal 360°: abajo, se despliega la avenida 9 de Julio a lo largo y ancho, y también se aprecian las cúpulas de los edificios históricos de Diagonal Norte, el pintoresco Chalecito, el Teatro Colón, el Congreso de la Nación y los teatros de la calle Corrientes a medida que se va rotando por las diferentes ventanas.
Algunos, previsores, sacan unos binoculares y alcanzan a ver el Río de la Plata que aparece a lo lejos. Las vistas, inigualables, confirman la riqueza arquitectónica de Buenos Aires. Antes de bajar, unas últimas fotos que quedarán guardadas en la memoria del celular servirán como testimonio irrefutable de haber visitado uno de los lugares más icónicos de Buenos Aires.
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