A cuarenta años de su muerte, Jorge Luis Borges vuelve a Buenos Aires convertido en experiencia. No sólo como el autor monumental de Ficciones o El Aleph, sino como una presencia íntima, urbana y todavía viva en la imaginación porteña.
Desde el jueves 21, el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) inaugura Borges: ecos de un nombre, una ambiciosa exposición que ocupará los 1500 metros cuadrados de la Sala Cronopios y que propone recorrer la vida pública y privada del escritor con una sensibilidad contemporánea.
La muestra reúne objetos personales, manuscritos, fotografías, primeras ediciones y memorabilia inédita. Habrá incluso una reconstrucción del cuarto del departamento de Plaza San Martín donde Borges vivió gran parte de su vida, un espacio que funcionó como observatorio silencioso de una ciudad que él convirtió en literatura.
La exposición se realiza junto a la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, y tiene la curaduría de Rodrigo Alonso, Daniel Fischer y Maximiliano Tomas, director del CCR.
Esencialmente porteño
Si París tuvo a Ernest Hemingway y Lisboa a Fernando Pessoa, Buenos Aires tuvo a Borges. Y él la escribió como nadie. Sus calles empedradas, los patios con aljibe, los zaguanes sombríos y las esquinas de Palermo atravesaron sus cuentos y poemas hasta transformarse en mito. El Borges joven caminaba durante horas por el sur porteño buscando una épica secreta en compadritos, cuchilleros y cafés. En sus textos, Buenos Aires aparece como una ciudad melancólica pero vibrante, donde conviven la memoria familiar, la violencia barrial y cierta elegancia decadente.
Esa relación obsesiva con la ciudad atraviesa buena parte de la exposición. Organizada en núcleos temáticos delimitados por una monumental instalación textil de Pablo Lehmann, la muestra incluye aportes de especialistas que exploran el vínculo del escritor con la poesía, las bibliotecas, el cine, el amor y los medios de comunicación.
Material inédito
La muestra promete convertirse en uno de los grandes acontecimientos culturales del año. Habrá gigantografías con imágenes nunca vistas, material audiovisual de distintas etapas de su vida y hasta un holograma animado que traerá nuevamente a escena al escritor. La idea no es congelarlo en una solemnidad académica sino devolverlo al presente, mostrarlo como una figura llena de contradicciones: tímido y mediático, erudito y popular, conservador y experimental.
El 21 también inauguran otras dos exposiciones que ocupan las salas principales de El Recoleta, en un cruce entre literatura, historia reciente y prácticas artísticas contemporáneas.
En la sala J, se despliega Hijos de la Luna, del artista Eduardo Molinari, con curaduría de Javier Villa, con el foco en las juventudes de los años setenta que buscaron formas de desobediencia por fuera de los moldes establecidos. Por su parte, en la sala C se presenta Entusiasmo público, de la artista Liv Schulman, con curaduría de Carla Barbero: es su primera exposición individual institucional en Buenos Aires, con obras entre 2011 y la actualidad.
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